Estamos tomando las plazas del mundo, de manera pacífica, para exigir una democracia real y un sistema social, económico y judicial más justo. Queremos acabar con las políticas represivas, con el nepotismo, con la corrupción, con el poder de las bandas criminales. Queremos un mundo sin guerras ni represión, un mundo mejor donde podamos ejercer nuestras libertades en paz, sin miedo y con alegría. Es por ello que expresamos nuestro total compromiso con el fin de una de las guerras más mortífera y destructiva de todas las guerras actuales: la guerra contra las drogas. Para ello, creemos que hay que abrir algunas reflexiones:

¿Guerra o paz?

Los resultados de casi 100 años de experimento prohibicionista son trágicos en todo el mundo. Es una evidencia que el sistema actual de políticas de drogas (centradas en la guerra) produce unos efectos secundarios o “colaterales” muchísimo más destructivos que los que pueden llegar a producir las drogas en sí. La carísima guerra contra las drogas ha fracasado. Desplegar militares y policías para quemar campamentos de producción de drogas, perseguir a los narcotraficantes y encarcelar a personas que realizan vendas menores y, a consumidores y consumidoras, ha sido inútil para combatir el consumo de drogas, a la vez que ha arrasado injustamente numerosas vidas y ha saturado las prisiones de todo el mundo.

¿Bandas criminales o gobiernos ciudadanos?

El mercado ilícito de drogas mueve cerca del 1% de todo el dinero mundial. En vez de gestionar este mercado de forma regulada por parte de nuestros gobiernos, tal y como se hace con cualquier otra cuestión importante, se ha decidido ceder su gestión y control al crimen organizado. Esta decisión tiene consecuencias terribles para la paz, la democracia y las libertades civiles: es una de las principales causas globales de corrupción institucional, de debilitación democrática, de violencia organizada, de militarización de países productores y de restricción de las libertades individuales en todo el mundo.

¿Destrucción o sostenibilidad?

Las políticas actuales sobre drogas no son sostenibles porque los costes y los recursos humanos y ecológicos que se invierten y consumen en tratar de erradicar el tráfico ilícito de drogas son desproporcionados respecto a los escasos beneficios que se consiguen. Los usos que se hacen de las drogas pueden afectar a la salud de las personas individuales, mientras que las políticas sobre drogas afectan a toda la sociedad en su conjunto y al planeta como organismo vivo en sus ecosistemas (vertidos de residuos, deforestación, fumigaciones, altísimo consumo energético…). Es fundamental abrir una reflexión para definir una políticas de drogas que garanticen un mundo sostenible a largo plazo. Y no podemos esperar más, hay que empezar ya.

¿Miedo o responsabilización ciudadana?

La guerra contra las drogas se fundamenta en el miedo hacia nosotras y nosotros mismos. Se nos protege de una supuesta impulsividad de las personas hacia la autodestrucción a través de las drogas que, significativamente, no se había dado a los niveles actuales antes del inicio de esta guerra. En los países que tienen regímenes menos severos -Suiza, Portugal, Holanda y Australia- no se ha visto la explosión en el consumo de drogas que los defensores de esta guerra habían profetizado de manera alarmista. Parecería ser, pues, que las personas no somos tan irresponsables y autodestructivas como los discursos del miedo y proguerra insisten en hacernos creer. Todo indica que invertir en educación y salud es más efectivo y sostenible que invertir en armas y en prisiones. ¿De qué tenemos miedo entonces?

Como objetivo de la subcomisión “Políticas de drogas y sostenibilidad” de la Plaça de Catalunya de Barcelona está proponer alternativas a las políticas de drogas actuales en los múltiples niveles de actuación (internacional, estatal, local) así como acciones concretas para ponerlas en práctica. Nuestro objetivo irrenunciable es conseguir un mundo más pacífico, más respetuoso con el medio ambiente, en el que se garanticen en su totalidad las libertades y los derechos humanos; un mundo en el que se fomenten políticas públicas basadas en la educación y la salud, y no en la guerra y el crimen.

¿De qué tenemos miedo?
¡Debate público ya!
¡No a la guerra!